Esta vez, en Eurovisión, ganó la reputación negativa. En concreto, de la delegación italiana, que fue acusada de consumir cocaína en el propio festival. 

La noticia corrió como la pólvora no sólo en Twitter, sino en toda la red y sistemas de mensajería desde la madrugada y todo el domingo. 

La lección es que cualquier asunto reputacional de gran impacto, como este, no se puede PARAR. Es imposible. 

Ante una situación similar, imprevista, el equipo de protección reputacional que monitoriza debe advertir que el contenido está teniendo mucho impacto y convocar al comité de crisis. 

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El daño reputacional, en sí mismo, no es indemnizable, excepto en los supuestos en que incurrimos en otros tipos delictivos (injuria, calumnia) o cuando, directamente, falseamos los hechos que se relatan.

Hemos tenido noticia de una sentencia interesante donde se condena a pagar 35.000 euros por una campaña de desprestigio en forma de difamación a una clínica veterinaria con más de 30 reseñas falsas en Google Business

Según se entendía, la libertad de expresión excedía de la mera crítica profesional.

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Recientemente Twitch, la plataforma de Streaming de Amazon, ha sorprendido a toda la comunidad de Internautas con una política que va más allá de su red, ya que es la primera  en penalizar aquellas conductas que ocurren fuera de su ámbito. 

Quizás este sea el primer paso para que los haters que promocionan o monetizan contenidos gracias a sus críticas empiezan, por primera vez, a evaluar sus conductas. 

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