En el mundo offline, las marcas pueden coexistir, en el mundo online la primera que registra es la que se queda con el nombre. Por tanto, parece indispensable que las marcas se preocupen UTILICEN o no esta red social, REGISTREN el nombre y VERIFIQUEN la cuenta. 

Desde 2016 más de 2.000 millones de personas han descargado la aplicación y la tendencia creciente es imparable.

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Como Saturno devoró a uno de sus hijos en la obra de Goya, las grandes tecnológicas nos han convertido en híbridos mutantes que caminamos sin levantar la mirada más allá de nuestro móvil.

Nosotros somos el producto, nuestros objetos tienen Internet y nuestros datos son PARCIALMENTE ANÓNIMOS, por lo que escapan totalmente de la regulación en privacidad.

El contrapoder a estos gigantes no deviene tan solo de la defensa de la competencia – por otro lado – también necesaria (mírese la fuga de influencers de Youtube a Twitch) sino de una efectiva regulación de esta economía del dato.

Esta información facilitada por nosotros gratuitamente tiene valor y los escándalos como el de Cambridge Analytics son tan solo algunas muestra del poder ilimitado.

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Trump ha entrado en nuestras vidas, concretamente en cada telediario. Pero, tras múltiples indigestiones, por fin podemos darle las gracias.

Las redes sociales, la mayoría regidas por el derecho americano, vienen marcadas por el principio de no responsabilidad del contenido (Artículo 230 de the Communications Decency Act) y han emprendido al fin el camino de la autorregulación, cabe decir, después de escándalos tan graves como permitir las fake news y la manipulación.

Un paso más ha sido cancelar el perfil de Twitter de Donald Trump, presidente de EEUU. 

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