Como Saturno devoró a uno de sus hijos en la obra de Goya, las grandes tecnológicas nos han convertido en híbridos mutantes que caminamos sin levantar la mirada más allá de nuestro móvil.

Nosotros somos el producto, nuestros objetos tienen Internet y nuestros datos son PARCIALMENTE ANÓNIMOS, por lo que escapan totalmente de la regulación en privacidad.

El contrapoder a estos gigantes no deviene tan solo de la defensa de la competencia – por otro lado – también necesaria (mírese la fuga de influencers de Youtube a Twitch) sino de una efectiva regulación de esta economía del dato.

Esta información facilitada por nosotros gratuitamente tiene valor y los escándalos como el de Cambridge Analytics son tan solo algunas muestra del poder ilimitado.

Invitemos a que las Agencias de control de Datos se conviertan en Agencias de Protección de INFORMACIÓN y se preocupen por el uso y, sobretodo, abuso de la información ANONIMIZADA, consciente o inconscientemente facilitada que tienen de nosotros las compañías telefónicas, redes sociales, buscadores o marketplaces, entre otros.

Creo que la economía del dato ha traído grandes avances en algunos derechos, como por ejemplo mejora de los derechos de propiedad intelectual al disminuir las descargas ilegales. Cuando el consumidor ha tenido la posibilidad de obtener contenidos de una forma económicamente razonable, como en Netflix o Filmin, se ha volcado totalmente.

Queda un reto enorme para el cambio en la PROPIEDAD INDUSTRIAL. Las marcas padecen falsificaciones por dos razones incómodas: Dichas falsificaciones tienen mucha calidad, y algunas marcas han perdido la autenticidad de su mensaje. En esta época de crisis existencial algunas no se han adaptado, no han sabido escuchar y siguen sin ser coherentes con el cambio de paradigma en cuanto a derechos humanos, feminismo y derechos de las minorías. Si la sociedad tiene una crisis de valores, la marcas también. Es necesario recuperar el engagement y encontrar aliados y compromisos, pero es difícil comprometerse con alguien que no es referencia en nada y no lidera el cambio.

Otra cuestión muy interesante no es el equilibrio de los derechos; siempre apasionante, con otros derechos como el de empresa, expresión, privacidad y propiedad intelectual e industrial, sino su efectividad práctica.

Los derechos en Internet son pisoteados.

  • Para las personas, resultados negativos en el buscador que afectan a su reputación.
  • Para las marcas, asuntos reputacionales, vulneración de derechos en propiedad intelectual, usurpaciones en perfiles, en hashtags, en publicidad, falsificaciones y otros abusos.

Cuando las tecnológicas o los proveedores de hosting no ofrecen soluciones, es la justicia quien debe ofrecer una reparación efectiva, puesto que su dimensión off-line no ofrece soluciones al daño digital.

Necesitamos soluciones en ese ámbito para los problemas de Internet, abogando por medidas cautelares y procedimientos que respondan a los problemas de dicho medio.

Me imagino un futuro en el que un tribunal especializado e internacional nos atiende por videoconferencia, resuelve en un plazo breve y entre sus medidas cautelares está que la información no aparezca en los buscadores.

En definitiva, abramos los ojos y soñemos que, aunque los sueños sueños son, no por ello dejaremos de tenerlos.